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Aguas negras: surge una revolución agrícola en México

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Geraldo Gálvez Orozco fue profesor de matemáticas durante 40 años, antes de convertirse en agricultor de tiempo completo. Ahora se encuentra a la vanguardia de una revolución agrícola inesperada.
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Muy cerca de la Ciudad de México, un grupo de agricultores que siembran maíz y otros cultivos y los riegan con aguas negras, están adoptando las modernas técnicas de la agricultura de conservación, lo cual les permite aplicar menos riego y reducir sus costos.

Geraldo Gálvez Orozco es un hombre que tiene arrugas tan profundas como su voz y un cabello que no es ni gris ni blanco. Después de concluir una carrera de 40 años como profesor de matemáticas, Gálvez buscó un nuevo reto y lo encontró en la agricultura.

Gálvez, de 79 años, es oriundo del estado de Hidalgo y desde hace 15 años se dedica a la agricultura en el valle del Mezquital, que se encuentra en medio de las montañas situadas en el sureste del estado, 60 km al norte de la capital mexicana. Esta región es bien conocida por muchas razones ––por los árboles de mezquital que cubren sus cerros, su árido clima y, sorprendentemente, su pujante sector agrícola. Pese a la aridez del valle (éste recibe, en promedio, solo 527 mm de lluvia al año), cerca de la mitad de sus habitantes son agricultores.

Aprovechamiento del agua de desecho

Desde 1789, los productores del estado de Hidalgo han dependido esencialmente de una fuente poco usual de agua de riego: las aguas negras de la Ciudad de México. Con estas aguas, los agricultores que viven en el valle del Mezquital riegan 563 km cuadrados dedicados a la producción de granos. Éste es el sistema de riego con aguas negras más grande del mundo.

El hecho de que se utilicen aguas negras para regar cultivos alimentarios puede provocar desconfianza en algunas personas, pero según el Centro Internacional de Agua y Saneamiento del IRC, el 10% de todos los cultivos a nivel mundial se riega con algún tipo de agua cloacal. De hecho, este tipo de riego es practicado por productores en India, China, Pakistán, Jordania e Israel. Como las aguas negras contienen nutrientes, es decir, “fertilizantes naturales”, los cultivos son enriquecidos sin necesidad de gastar en fertilizante. Los productores toman medidas para garantizar que los cultivos regados con aguas negras sean de la más alta calidad. Además, según las leyes de México, solo se pueden utilizar aguas negras para regar cultivos cerealícolas o forrajeros. El maíz y la alfalfa son los cultivos más sembrados en este sistema.

Cómo hacer frente a los cambios

Hoy día, los productores del valle del Mezquital saben que pronto tendrán que enfrentar cambios, pues dentro de dos años, el suministro de aguas negras disminuirá debido a una nueva iniciativa gubernamental dirigida a purificar las aguas negras de la Ciudad de México y re-utilizarlas dentro de los límites de la ciudad.

A fin de reducir el uso de agua y conservar el suelo, los productores de Hidalgo están abandonando sus prácticas de cultivo tradicionales para adoptar un sistema agronómico innovador que se utiliza extensamente en Argentina, Australia, Brasil, Canadá y Estados Unidos.

De la aritmética a la agronomía

Gálvez comenzó a ensayar las prácticas de la agricultura de conservación (AC) hace ocho años, cuando otro productor le contó los beneficios que ésta genera. Empezó con la labranza cero, una práctica que consiste en sembrar directamente en el rastrojo que queda en el campo, sin arar, y que es un elemento clave de la conservación de recursos. Hoy día, en las tres hectáreas donde Gálvez siembra maíz y avena, el suelo está cubierto con hojas y mazorcas de maíz. Esto indica a cualquier curioso que pase por allí que Gálvez practica la AC, ya que dejar el rastrojo sobre el suelo es uno de los principios básicos de esta tecnología.

“Si bien es cierto que, comparado con los rendimientos que obtenía con el riego, he notado un pequeño incremento en mis rendimientos desde que empecé con la agricultura de conservación, no es por eso que la practico. Cuando se vive en un clima como éste, las primeras prioridades son mantener el suelo en buenas condiciones y reducir los costos de producción, y por eso es que practico la agricultura de conservación”, comenta Gálvez.

Según Fermín Hernández Méndez, egresado del curso de certificación en AC impartido en el CIMMYT y técnico de la empresa productora de semilla ASGROW, subsidiaria de Monsanto en México, Gálvez no es el único agricultor en Hidalgo que ha cambiado su forma de hacer las cosas. “En Hidalgo, la agricultura de conservación está causando una revolución, pues los agricultores están adoptando estas prácticas porque saben que se avecina un cambio que lo más probable es que va a agotar el suelo”, comenta.

Para beneficiar el suelo

En el valle del Mezquital y en muchas otras partes del mundo, los productores que por generaciones han practicado la agricultura tradicional están adoptando la AC. Esto se debe a que hoy, más que nunca, están surgiendo cambios globales que amenazan con afectar la agricultura y la seguridad alimentaria a nivel mundial.

Las prácticas tradicionales no bastan para hacer frente al cambio climático, la sequía, la degradación del suelo y una población que crece rápidamente. Frente a estos factores adversos, los productores están adoptando prácticas de cultivo sustentables que utilizan menos recursos, fomentan suelos sanos y ricos en nutrientes, y aumentan los rendimientos.

La AC es una forma avanzada de cultivar que se basa en tres principios: mover el suelo lo menos posible, cubrirlo con rastrojo o plantas vivas, o ambos, y utilizar la rotación de cultivos para evitar la acumulación de plagas y patógenos. Estos principios son muy adaptables y se pueden aplicar para sembrar una gran variedad de especies en diversos tipos de suelo y de medios ambientes.

Sustentable y beneficiosa

Los agricultores del valle del Mezquital producen rendimientos excepcionales gracias a su sistema de riego con aguas ricas en nutrientes, pero los que viven en los valles altos de México, donde los cultivos solo reciben agua de lluvia, no son tan afortunados. No obstante, gracias a que con la AC ahorran agua, los productores que la practican han podido producir rendimientos aceptables en años secos, cuando los campos de sus vecinos se han marchitado. Por ejemplo, durante la sequía que azotó los valles altos en 2009, los agricultores que ya practicaban la AC cosecharon hasta 125% más maíz que los que sembraron de la forma tradicional.

Otro de los atractivos de la AC es que ahorra dinero y mano de obra. Al reducir o eliminar la labranza, los agricultores pueden sembrar y fertilizar un campo en un solo pase, en vez de dar varias vueltas. Además, al hacer menos uso de las máquinas, ahorran tiempo, combustible y dinero, y disminuye también el desgaste de la maquinaria.

Los mayores rendimientos producidos gracias a la AC, junto con la reducción de los costos que ésta genera, permiten a los agricultores mayores ganancias y mayores ahorros. Esto produce un retorno neto promedio que es casi el doble de lo que ganan los agricultores tradicionales; quienes adoptaron la AC en los valles altos generaron, en años recientes, utilidades netas promedio de más de 800 dólares estadounidenses por hectárea, en comparación con alrededor de 400 dólares generados por sus contrapartes tradicionales. Es bien sabido que, en muchos lugares del mundo, la AC les produce mayores ingresos a los agricultores y alimenta a más personas.

Una transición sin problemas

Pese a los numerosos beneficios que produce la AC, su adopción a nivel mundial plantea muchos problemas, como, por ejemplo, la competencia por el rastrojo, que en muchos lugares tiene gran valor como forraje. Asimismo, algunos agricultores se muestran renuentes a abandonar sus métodos de cultivo tradicionales, sobre todo la labranza, que han practicado por muchas generaciones.

Como técnico certificado en la AC, Hernández Méndez trabaja para facilitar esta transición. Cuando se le preguntó por qué algunos agricultores se muestran renuentes a adoptar los nuevos principios agronómicos, respondió: “Solo es cuestión de cultura; no es porque no nos crean o porque piensen que tenemos malas intenciones, sino sencillamente porque temen los cambios”.

Sin embargo, esos cambios empiezan a parecer menos intimidantes a medida que los productores enfrentan retos como los aumentos de temperatura, los altísimos precios del combustible y la inminente escasez de agua, por no mencionar la creciente exigencia de que se produzcan más granos en el país para no tener que importarlos. Para ayudar a los agricultores, los investigadores están explorando y promoviendo formas flexibles de aplicar la AC. Por ejemplo, sugieren que los productores mantengan por lo menos el 30% de la superficie del suelo cubierta con rastrojo todo el año. Los demás rastrojos pueden utilizarse o venderse como forraje. Por otra parte, el nuevo sistema les da a los agricultores la oportunidad de diversificar sus cultivos y sembrar especies forrajeras que les pueden generar ingresos adicionales.

Todo se logra con paciencia

“Yo no me preocupo por mí mismo, porque tengo todo lo que necesito. Los que me preocupan son mis hijos. La tierra tiene que seguir siendo sana y fértil para las generaciones que vienen”, dice Gálvez mientras sus zapatos, un paso detrás de su bastón de madera, aplastan las hojas y tallos de maíz que cubren su campo. Pese a que quema el sol y el aire está seco, los sembradíos de Gálvez parecen estar en su elemento en este árido ambiente.

La labor que el Programa de Agricultura de Conservación, basado en México, realiza en el valle del Mezquital es financiada principalmente por la SAGARPA, como parte del proyecto MasAgro, y por Monsanto-ASGROW, con apoyo de numerosas fundaciones y organizaciones locales.

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